Quiero morir de tu miedo.
Por una vez - Habeas Corpus
Algo de lo que había estado relativamente orgulloso hasta el verano era no haber subordinado mi grado de confianza con María (y por tanto, la calidad de mi amistad con ella) al interés por una hipotética relación entre nosotros.
No dejándole de hablar de mi relación con otras personas aun sabiendo que aquello me alejaba de todo a lo que yo aspiraba con ella.
Quizás porque por una vez había logrado ser del todo coherente con esa idea de la transparencia en una de las situaciones en que más tentador resultaba no hacerlo.
O porque la relación se había forjado así desde el principio, eso la hacía especial y no tenía sentido de otra manera.
O por ambas cosas.
En todo caso, el verano lo puso todo patas arriba. De hablar dos veces por semana pasamos a no saber de nuestras vidas durante más de un mes. Esther en Oxford supuso un paréntesis. Luego veo a María por primera vez en un año. Surge el dilema Esther-María, estoy confuso. Rozo los límites de la obsesión, la relación se deteriora. Conozco a Teresa, nos liamos. Esto no arregla nada la situación con María.
Pero pasa el tiempo y poco a poco va volviendo a la normalidad, aparentemente.
Yo no vuelvo a ser capaz de jugar con las mismas reglas. Quizás en este proceso es Teresa el tema que primero identifico como tabú. Desde ese momento no he dejado de evitar hablar de algunos aspectos de mi vida con María, posponiéndolos para un momento idóneo que nunca llegaba. Siendo incapaz de impedir que mi miedo de perder definitivamente cualquier posibilidad con ella decida por mí. Y así ha sido como lo he echado todo a perder.
Ella lo había pasado mal durante el tiempo en que nuestra relación no levantaba cabeza. Peor que yo, que confiaba en que, como cualquier otra fase, esta acabaría de forma natural. No me preocupé de más que de esperar a que mis emociones, la causa de los problemas, se dejaran controlar.
María invirtió mucho más esfuerzo que yo en que todo volviera a ser como antes. Y ahora, al estrellarse contra el hecho de que no ha servido de nada, se ha vuelto de nuevo de hielo. Prefiere no sentir con tal de no sufrir. Significa que vuelvo a estar del lado de fuera de su coraza.
¿Qué no sabía María?
Al principio del curso ví otra vez a Lorena, que ahora es novata en mi carrera. Cómo no, de nuevo nos liamos. Al principio todo parecía ir bien, luego llegó su indecisión sobre qué quería conmigo. Se mostraba cariñosa un día, indiferente al siguiente. O peor. A veces su estado anímico cambia y tú sufres las consecuencias. Lo aguantaría si al menos me hiciera partícipe, pues para algo me considero su amigo. Sin embargo no creo poder llevar más durante más tiempo una amistad a base de píldoras en los momentos de su conveniencia. Y mucho menos me apetece estar a expensas de sus vaivenes emocionales para cualquier otro tipo de relación.
Si no sé na no diré na y nadie dirá que calle.
Mejor no hablar, no servirá. Aprende a leer en mis ojos braille.
Me apunto los pasos con nadie pero a la salida del baile.
Apúntate en mi soledad, que ahora ya no me moleste nadie.
Neidos en Perdida su mirada (con Métrika), de Neidos y Microbio
Pero mi paciencia es voluble. Entretanto, conocí a Fátima.
Cuando comienzo una relación con alguien parte de mi estabilidad emocional pasa a depender de ella. Y esta dependencia aumenta a medida que me implico con esa persona. Y da igual que no sea la única. Tener más de una relación, más que convertirme en alguien más independiente, hace más frágil mi equilibrio.
Siempre me dejo llevar. No podría interponer prudenciales capas de distanciamiento que en caso de problemas evitaran que lo pasara mal. Necesito introducir a esa persona en mi vida e introducirme en la suya. Y no exijo ser el único pero sí que la implicación sea mutua. Pero no me basta con que lo sea, necesito saberlo.
Sabía que este proceso de atarme emocionalmente a Fátima estaba yendo demasiado rápido. Lo sufrí cuando ella, además de tener dudas respecto a mí y no sé qué otros elementos de su vida, decidió que el mejor método para solucionarlo era encerrarse. Empezando por dejar de coger mis llamadas.
Es la clase de persona contraria a mí. El polo opuesto que me atrae y con el que no suelo terminar bien. Del tipo al que es difícil acceder, que siente poco y que ante problemas puede forzarse a sentir menos, dejar de sentir o al menos actuar como si no sintiera.
Por su naturaleza y por la mía sería complicado llegar a significar para ella más de la mitad de lo que sería para mí.
No ha sido Fátima lo que más me ha dolido las últimas semanas, pero creo que sí lo que más me ha desgastado. Por la sensación de impotencia. Porque cuanto peor me sentía más desesperante resultaba enfrentarme a la realidad y no veía una salida.
Por todo me apetece un cambio de ambientes. Variar de gentes, de rutina y volver a Badajoz con aires renovados.
Es navidad. Época de estar feliz sin preguntarse demasiado por qué. Que los odiosos y presuntamente originales muñecos de Santa Claus invadan las fachadas es sin duda un motivo para no estarlo.
Pero bueno. Mañana a Almería. Y qué ganas.




Julio 8th, 2008 at 7:17 pm
[...] ilusión, la motivación por mi parte no es la misma. Y no es rencor. Pero no puedo negar que cosas que pasaron me hicieron relegarte a otro lugar y no podría traerte de vuelta [...]