Hoy volviendo de la facultad, ya a pocos cientos de metros de mi casa, he oído el sonido de un organillo y me he acercado a curiosear. Y he visto un espectáculo que no recuerdo haber visto antes en persona. Al menos no con cabra incluida.
Un hombre mayor de bigote cano con boina y palito en mano instaba al animal a moverse sobre la escasa superficie de una pieza de madera en lo alto de una pequeña escalera. Mientras dos jóvenes gitanas (hecho singular, pues él era payo) pedían dinero a los poquitos viandantes que circulaban por la acera, entrando también en los comercios de la calle y paseando un gorro bocarriba ante clientes y dependientes testigos del espectáculo. Y un perro (¿quizás un caniche?) trataba de mantenerse sobre dos patas al ritmo del pseudónimo de pasodoble que salía del teclado, que sonaba solo, sin que nadie siquiera se molestara en fingir que lo tocaba.
Me he preguntado por cuanto rodearía la vida de personajes tan pintorescos. Se me ha pasado por la mente la idea de correr a casa a por mi cámara y hacerles un minidocumental. Algunas preguntillas, nada más. Cómo se habían introducido en tal negocio, cuánto tiempo llevaban en él, a qué más dedicaban su vida, de dónde eran, no sé. Tenía curiosidad. Pero antes de haberme terminado de decidir (casi con toda seguridad hacia el no, dudo que llegaran a dedicarme gratuitamente un tiempo en el que podrían estar si no cobrando, sí intentándolo) una de las muchachas le ha dicho algo al viejo, quien ha asentido y ha bajado a la cabra de su pedestal. Supongo que consideraron que ya habían explotado suficientemente el lugar que no parecía haberles sido demasiado rentable, porque cabra y perro atados a una correa cual sacados a pasear tres veces al día, escalera bajo el brazo y organillo empujado sobre un carro, la peculiar familia se ha marchado en la dirección por la que yo había llegado.
Dejo aquí el escaso testimonio gráfico que he conseguido. Debería haber hecho más fotos y más cerca, pero no tenía dinero para pagarles y he intentado ser discreto. Sirva esta entrada de homenaje a los trabajos, como el de los afiladores de cuchillos (otro oficio curioso para un documental), que perviven a duras penas como sacados de otra época, con cierto toque romántico y en obvio peligro de extinción.





Febrero 21st, 2008 at 7:09 pm
Después de lo del taxi me sales con esto de la cabra. No me creo que sea la primera vez que presencies ese espectáculo viviendo en Badajoz.
Febrero 21st, 2008 at 10:54 pm
OMG!!
Pense que los de la cabra habían desaparecido!! hace años que no contemplo ese espectaculo!! parece que en Badajoz aún se conservan las tradiciones
Febrero 22nd, 2008 at 1:39 pm
Siento decepcionarte, Katmio, pero creo que sí era la primera vez. Quizás lo vi de crío, pero no cuenta.
Alytes, ya ves. A decir verdad sentí pena por la pobre cabra.