El 11 de abril, Lorena vuelve.
Vuelve tras varios meses de no intercambiar más palabras que un hola ocasional en los pasillos de la facultad y algunas desesperantes conversaciones por messenger. Desesperantes porque nos era imposible entendernos. Ella era incapaz de justificar lo ocurrido y yo de olvidarlo; me invadía una especie de rencor que se entremezclaba con los resquicios de lo que ella no había dejado de significar para mí. No podía volver con ella ni sacarla de mi cabeza.
Vuelve gracias a una de estas conversaciones. Una en la que, después de mucho tiempo, sintonizamos. En alguna asignatura nos repetían que el componente emocional es lo que hace que la audiencia se identifique con el contenido de un medio. No sé quién haría el papel de medio aquí, pero así volvemos a conectar. Por primera vez no intentamos arreglar lo ocurrido, ni buscarle motivos (concepto que trae aparejado necesariamente el concepto de culpabilidad) y entrar así en discusiones sin salida. Esta vez nos limitamos a recordar los buenos momentos juntos que los dos añoramos.
En mi cabeza oigo los comentarios del imaginario público de la telenovela en que mi vida parece convertirse a veces:
-Venga ya, ¿ella otra vez? Cambia de canal, por dios, que aquí ya no saben qué inventarse.
Y es cierto, parece recurso chapucero de un guionista falto de nuevas ideas.
Alguno dirá que era de lo más predecible. A mí, sin embargo, me pilló por sorpresa.
Aunque no había dejado de estar presente en mi cabeza, tenía asumido que la historia con Lorena había terminado. Estaba presente, sí, pero distante. La había desterrado a un rinconcito mental donde no estorbara.
Es cierto que antes habían sido muchas las veces que me había prometido no volver a ella y había caído luego en la tentación, saliendo escarmentado sólo hasta la próxima vez que me faltara voluntad para apartarla definitivamente de mi cabeza.
Pero ya lo había conseguido. Había continuado con mi vida, y ella formaba parte de la colección de historias pasadas, no de mi presente.
Pero de repente me había dado cuenta de que la echaba de menos otra vez. Extrañaba nuestra forma de conectar, de saber hacernos reír. Extrañaba nuestras bromas y aquellos roces sutiles, detalles de los que pareces no ser consciente cuando están ahí siempre que los requieres.
Hablamos y ella confiesa que también me echa de menos. Dice pensar que ya no sería como antes, que ahoa sí podría funcionar. Pero para qué intentarlo, si no estaría dispuesta a tener nada conmigo sabiendo que mantengo otras relaciones.
Al final cede. Y así empezamos una vuelta a las andadas con fecha de caducidad.
Decías que te sentías como al principio del todo, cuando el aire en la relación no estaba viciado. Y ciertamente, no había mucha diferencia.
Me ha gustado volver a hablarte sin miedo a empeorar la relación, e incluso con la certeza de mejorarla. Me ha gustado volver a saber cómo se sentía un abrazo tuyo. Y me ha encantado sentirme de nuevo contigo como entonces. O casi.
Casi porque, aunque me haga ilusión, la motivación por mi parte no es la misma. Y no es rencor. Pero no puedo negar que cosas que pasaron me hicieron relegarte a otro lugar y no podría traerte de vuelta ahora.
Dentro de otros cuantos meses podría ser yo el que volviera detrás de ti, ya nada me sorprendería. Pero ahora mismo, y es algo de lo que no me alegro en absoluto, creo que has hemos llegado tarde.
Now you are near
And now you are here
It’s me
Every – Marlango
