De modo que llegué.
Tenía la sensación de no dejar de hacer maletas. En 10 días había preparado el equipaje para Dijon-Badajoz, Badajoz-Almería y Almería-México DF.
Fear of the South – Tin Hat Trio
Tras una Nochevieja con baño en el Mediterráneo incluido, había dormido unas tres horas la primera mañana del 2010. Por la tarde había volado a Madrid, donde había pasado la noche sin salir del aeropuerto ni dormir, y de madrugada había subido al avión que me llevaría a Frankfurt. Allí me había acostado ocupando tres incómodas sillas durante un par de horas, para luego hacer el vuelo al Distrito Federal.
Llegó un punto en que perdí por completo la noción del tiempo. La falta de sueño y volar en la dirección del sol, que provocaba que el día fuera mucho más largo, hicieron que la percepción del transcurrir de las horas se me escapara por completo. El viaje me lo pasé medio zombie, zigzagueando en la frontera entre un estado de leve consciencia y un sueño ligero, durante las 12 horas que duró.
Por fin llego. Tras pasar los trámites de inmigración, comprar pesos mexicanos (nota mental: NUNCA cambiar el dinero antes de pasar las aduanas; aunque al recoger el equipaje sólo veas un sitio donde comprar la moneda local, hay miles con mejores precios fuera en las tiendas del aeropuerto) y esperar una hora para una cola en las aduanas que no era la mía y otra hora en la correcta, me dirijo hacia el metro. Hay que salir del aeropuerto y caminar varios minutos. Bajo las escaleras con mochila, maleta y trolley. La mujer de la taquilla no tiene cambio y yo sólo tengo billetes. Maravilloso. Vuelta a subir las escaleras y al aeropuerto. Los pastelitos que compro para tener cambio están muy buenos. Decido no perder la oportunidad de hacer algo tan guiri como preguntar a la señora que me los vende acerca de las distintas monedas y billetes que hay en circulación.
Creo que las curiosidades mexicanas las voy a compartir en el mismo orden en el que me las fui encontrando. No todas os van a resultar igual de exóticas, pero creo que todas son dignas de mención.
Como sé que algunas no dejan de ser impresiones prematuras de un país que creo que no voy a llegar a conocer en tan poco tiempo, agradeceré cualquier corrección, matización o simplemente opinión diferente que cualquiera esté dispuesto a aportar.
Estoy en el metro. Aquí me topo por primera vez con una de las grandes diferencias con respecto a España: los precios. He oído que el metro de Madrid se considera barato porque cuesta un euro. Aquí el viaje sencillo lo acaban de subir poco tiempo antes de que llegue. De dos ha pasado a tres pesos. Tres pesos, estimando la equivalencia con a unos 18 pesos por euro, son algo menos de 17 céntimos.
Es muy raro que en el intervalo entre una estación y la siguiente no haya alguien en el vagón tratando de vender algo, soltando una retahíla bien aprendida sobre su producto. Sobre todo discos. Estos suelen ir con una mochila con altavoces por los que suena a toda mecha lo que intentan vender. A menudo son recopilatorios en mp3: 400 éxitos del momento, las 350 mejores rancheras, 500 canciones de reggaeton… Es realmente curioso ver cómo casi matemáticamente en la misma estación en la que se baja un vendedor se sube otro en el vagón vendiendo un género distinto. Otras veces se trata de algo más cultural, como un DVD con 26 maravillas turísticas de México, o un disco lleno de libros electrónicos, poemas, música clásica y enciclopedias. No verás a dos personas vendiendo la misma recopilación. A diferencia de los top manta, aquí la diferenciación sí es una estrategia. El precio está estandarizado en 10 pesos (unos 56 céntimos).
Varias semanas después, la segunda vez que usé el metro, terminaría comprando el disco de las maravillas de México para saber a qué aspirar en caso de hacer turismo. Resultó ser un VCD con los píxeles del tamaño de una uña, pero cumplió su cometido y pude ver todos los preciosos lugares que no tendré dinero ni tiempo de visitar.
Que tenga transcritas en un papel las instrucciones con los transbordos que tengo que hacer no impide que me suba en la dirección contraria, terminando en un extremo de la línea, bajándome y volviéndome a subir al mismo vagón. Lejos de querer justificar mi obvia torpeza, cabe mencionar que la señalización del metro defeño no es parecida a la del de Madrid. Lo cual aporta a mis primeras horas en tierras aztecas, sin duda, cierto carácter aventuresco.
Salgo al exterior y el hotel está cruzando la calle, lo cual es de agradecer porque las estaciones de metro están separadísimas entre sí. Mi reloj, aún con la hora española, marca las 6 y pico de la mañana. Pero aquí son las 11 y tengo hambre. Con la errónea idea de que en una ciudad tan grande como el Distrito Federal y en una zona céntrica como el Paseo de la Reforma tiene que ser fácil encontrar comercios abiertos a todas horas, dejo el equipaje en el hotel y marcho en busca de algún lugar donde comer algo barato. Veo a lo lejos el pico de un enorme árbol de navidad iluminado, y como he leído en una revista de turismo en el aeropuerto que han hecho en México el árbol de navidad más grande del mundo, me acerco a investigar.
Las farolas aquí suelen dar una luz bastante tenue. Muchas veces apenas ves el rostro de quien te cruzas hasta estar a pocos metros. En este momento la calle está completamente desierta. Con la concepción de México como ciudad de delincuentes que diversas personas me han creado en la cabeza, me pongo en tensión con cualquier coche que hace el más mínimo gesto de aminorar la velocidad al pasar por mi lado. Quizás debería haberme aguantado el hambre. Tras caminar varias cuadras descubro que el árbol no tiene pinta de ser el de la revista, sino más bien una antena de comunicaciones sobre la que han puesto una especie de cono feo iluminado. Pido un hot dog en una tienda de las que abren 24 horas, un Eleven que hace esquina. Desde esa noche arrastro una de esas dudas que te persiguen. Por qué se llama Eleven, si el logo es un 7.
Esta es la vista desde mi cuarto al Paseo de la Reforma.
Creo que ya he explotado lo suficiente vuestra paciencia por hoy.
No suelo ser muy carnavalero pero, ahora que no tengo la opción de disfrutar el carnaval de mi ciudad, lo echo de menos. Pasadlo bien por mí, que el año que viene trataré de no perdérmelo.



febrero 13th, 2010 at 9:36 pm
Probablemente la diferencia de precios entre el metro de Madrid y el de la Ciudad de México está directamente relacionado con la señaletica y lo claro de los nombres de las estaciones, jajaja.
Nota. La tienda de 24 horas se llama Seven Eleven, ese 7 más que el logo, es la primer parte del nombre, segun se.
febrero 13th, 2010 at 9:56 pm
Jajaja, seguramente. Eso y la menor cantidad de estaciones por kilómetro cuadrado, lo cual para mí es lo que más hace que el metro mexicano pierda puntos.
Tienes toda la razón con lo de la tienda, aunque me sigue pareciendo jugar al despiste, porque nadie adivinaría que se llama Seven Eleven sólo mirando el logo. De hecho, el tiempo que llevo aquí no he oído a nadie llamarla por el nombre completo.
febrero 16th, 2010 at 10:41 pm
Bueno, al final qué, se ha parado algún coche durante estos días a ofrecerte tema? Habría sido un detallazo de bienvenida, tío. Imaginate, los camellos buscando en coche a los clientes. Como el 11811 de la droga.
febrero 18th, 2010 at 8:27 am
[...] que después de la apasionante última entrada sólo deseáis que vuelva a actualizar sobre mis andanzas en México. Sin embargo hoy, si bien el [...]
marzo 27th, 2010 at 7:33 pm
[...] viaje ha supuesto muchas cosas. Ha sido mi primera vez cruzando el charco solo, he tenido la opción de ser mucho más independiente en un país muy distinto a España, ha sido [...]