Almería siempre fue sinónimo de liberación. De niño significaba escapar de la rutina de Badajoz, marcada por el colegio y la vida con mis padres.
Iba a un lugar donde mis padres no estaban, mis abuelos me malcriaban y tenía oportunidad de jugar con mis primos y amigos de allí, a los que sólo veía en vacaciones.
Los años han pasado. Y allí prácticamente no ha cambiado nada. Sobre todo en comparación al resto de mi vida.
En cierto modo, y más tras este año de viajes y cambios radicales de ambiente y hábitos, Almería ha supuesto, paradójicamente, lo contrario a lo que fue. Ir allí se ha convertido en volver a la rutina. Cuando el resto de mi vida cada vez pierde más puntos de apoyo, se vuelve más impredecible y las experiencias la sacuden a veces a un ritmo mayor del que me veo capaz de asimilar, Almería es el componente que no cambia. Es como la irreductible aldea de los galos, como una burbuja. Es la realidad invariable a la que aún puedo aferrarme.
Pero esa sensación, en el fondo, no deja de ser un espejismo. En medio de esa aparente lentitud del paso del tiempo, los cambios concretos destacan mucho más.
En Almería tuve mi primera “novia” a los 13 años. Bastantes amigos desaparecieron, otros permanecieron y surgieron otros cuantos. Uno de mis abuelos ha fallecido y, para los demás, los años evidentemente no han pasado en vano. En una feria conocí a la única persona de la que me he sentido enamorado sin relación de por medio. Allí llevé a dos parejas. Y conocí a la persona a la que quizás más he querido y mi relación más larga.
Por eso es una burbuja de imperturbabilidad muy engañosa. De repente explota y el espejismo desaparece dejando cierto halo de nostalgia tras de sí. No hay nada como un lugar que aparentemente no cambia para que de un golpe te des cuenta de que el tiempo sí que pasa.
Y ni siquiera un sitio así impide que uno vaya dejando irremediablemente atrás los momentos que alguna vez quiso que duraran para siempre.
Este verano apenas he tenido tiempo de disfrutar de esa ciudad. Además, más que darme paz, estos días me han supuesto plantarme de cara frente a sentimientos y pensamientos enfrentados. Pero da igual. Burbuja o no, estoy fuera de ella.
Mañana salgo hacia Santiago de Chile a estudiar cine en la Universidad del Desarrollo.
Trataré de tener internet para no volver a desaparecer. Pero, por si acaso, pasen un buen verano.


agosto 1st, 2010 at 2:30 pm
Me ha encantado!
La rutina, las burbujas, ese pasado tan invariable, es muy necesario para que cojamos fuerzas y podamos seguir hacia delante, viviendo cosas nuevas.
Have a good flight!!
Julian
agosto 1st, 2010 at 3:05 pm
Estuve en Almería el verano pasado. Me pareció un secarral enorme, y me encantó. Estuve en un camping en la playa de Las Negras, lleno de guiris; me imagino que debe ser lo típico. Y a mí me encantó el ambiente desértico de Rubalquilar, y un bar de mojitos en medio del desierto… Joe’s, creo que se llamaba. En ese tiempo leía compulsivamente Los detectives salvajes, todo el tiempo que no estaba borracho o aturdido por la insolación. Todo a mi alrededor parecía Sonora y la sombra de Cesárea Tinajero.
Es bueno saber que lo que para uno es un estado mental transitorio enraizado en un territorio físico (paisajes del alma, que diría Bernardo Soares), para otro es un ancla, una invariable. Me da qué pensar… ¿La Ría de Vigo? ¿El Gingko Biloba del Botànic de Valencia? Necesitaría un post de blog para pensar en ello.
Si no nos vemos por las américas, tarde o temprano apareceré por Almería.
agosto 10th, 2010 at 12:15 am
Perioista perioista, echano una foooooto.